sábado 5 de enero de 2008

Filosofia para Mario Bross


(Fagmento de La Pantalla que Sangra)

Sostengo una pistola imaginaria frente al espejo. Para verla, hay que mantener los ojos abiertos, hasta que se cansen, y lloren solos. Entonces aparece allí, dibujándose en mi mano que tiembla. Nunca la he disparado; no lo necesito. Cuando cierro abruptamente los ojos me parece presenciar lo que posiblemente ocurra. La bandada de pájaros que sale del espejo, la música de los vecinos en esta mañana de festivo y mi mano vacía, aun temblando, como si no supiera hasta donde es reflejo y hasta donde una extensión de mi brazo.

Mamá ignora que cada festivo, me apunto con la pistola imaginaria que se le perdió a papá. Ignora que la robé aquella tarde en que los hospitales olían a formol y las ambulancias dejaron de correr sobre la carretera. Tenía doce años de ver televisión y unos cuantos de jugar Nintendo. Tenía un sueño. No había dejado de besarme en los espejos, de escribir sobre el círculo empañado de mi aliento. Era, si cabe la expresión, un animal entre ventanas; pero antes que nada era un chico que había aprendido a fumar en los baños del colegio y eso, por el momento bastaba. Por eso había llegado a casa mas tarde que de costumbre. Tenia el cabello a ras del cráneo, una maleta en tela de jean con el nombre de NIRVANA, escrito en corrector, unos zapatos Converse clásicos y un walkman con viejos cassetes. Encontré la casa vacía, como se había hecho costumbre en unos meses. No obstante algo distinto había en el ambiente; algo que escapa a la precariedad lógica de quien intenta comprender la vida a partir de la razón. Subí a la segunda planta sin apagar el walkman. Mi habitación era un caos de objetos encontrados en la calle y afiches. La miré con extrañeza desde el marco de la puerta. Estuve algunos minutos allí, sin comprender que debía hacer. Lancé el maletín en un rincón y di media vuelta. Cuando abrí la habitación de mi madre noté que ella tampoco había tendido la cama; recordé entonces que no había llegado a dormir aquella noche ya que estaba en el hospital con papá. Entré con curiosidad y me paré frente al espejo. Era una tarde soleada y yo estaba allí, descubriéndome en el absurdo tardío de ser un animal inadaptado. No se cuanto tiempo estuve allí, pero en un momento indefinido la cinta del cassete llegó a su fin y me fue revelado el secreto. Quedaban el espejo y yo.

Mis ojos estaban abiertos y mis oídos llenos de silencio. Entonces sentí el peso de la pistola sobre mi mano. La vi dibujándose por algo que apenas percibía con el rabillo del ojo. En fracción de segundos estaba allí, como si nunca hubiera estado en otro lado, como si jamás se hubiera perdido. Subí el cañón hasta el reflejo de mi rostro y observé, sin saber que observar en realidad. Mi rostro mordido por las luces y los años, mi dolido rostro. ¿Era eso? No. Era algo que gritaba más allá, con toda la fuerza del silencio. Estos ojos que ven lo que nadie quiere ver eran la puerta; y yo la cruzaba, sin moverme del espejo. La cruzaba por mi mano que permanecía extendida como la mano de mi padre rescatándome del pasado. Esa pistola imaginaria pretendía salvarme de algo que apenas llega hasta ahora, cuando se repite un festivo y vuelvo a apuntarme con ella; para recordar lo que nunca supe.

- ¿Que asusta mas, que te apunten con una pistola o con un corazón? – Le pregunto a Any.

Ella sabe a que me refiero. Está desnuda, acostada boca abajo, jugando Mario Bross. De la grabadora sale Sweet Shine de Sonic Youth. Mario lanza pequeñas bolas de fuego que suenan blu-blu y se mezclan con la canción. Yo insisto sobre la pregunta y ella pulsa start. Veo su rostro desde el espejo, sin dejar de apuntarme; la veo ladear la cabeza y mirarme sin mucha atención. Veo sus labios, sonriendo. Sus ojos. Pienso en los leopardos, en los barcos desarmados, en las escamas y las branquias. Pienso en todo eso sin pensar en realidad; porque todo eso es su rostro que se refleja en el espejo junto con la pistola imaginaria que se le perdió a papá y que yo saco todos los días festivos para recordar aquello que nunca supe. Entonces dice lo de siempre. ¡El corazón da más miedo, el corazón es lo único que da miedo y lo sabes!

Si Any, tienes razón. Si. El corazón es el problema. Porque hay corazones en todas las esquinas, en todas las cabinas telefónicas, en todas las redes y los cables que nos dificultan ver las nubes. Mario Bross tiene un corazón y quiere más. Tienes que matar el dragón y rescatar a la princesa. Tienes que correr y brincar mientras sigas acostada sobre mi cama. Brincar con el sonidito de Mario Bross. Brincar los andenes y las zapaterías. Brincar las escaleras del cine. Brincar a los amigos. Tenemos que brincar como pequeños idiotas cuando tu cuerpo llega desnudo y a mi se me ocurre pensar en los barcos desarmados, en tus escamas y tus branquias y tu feo corazón. Por eso doy media vuelta Any, sin parpadear un segundo. Doy media vuelta con la pistola imaginaria en la mano y ahora estoy justo detrás de ti, apuntándote el culo. ¿Qué pensaría Lucho? Lucho no lo sabe o tal vez lo supo desde siempre y por eso se fue. ¿Por qué se fue Lucho Any? No Any, ahora eres Mario rescatando la princesa; pensando que nadie te rescató de esa forma y por eso te rescatas a ti misma, a tus ojos de leopardo. ¿Quién te rescatará Any? ¿Quién se atreve ahora que te apunto con la pistola imaginaria que se le perdió a papá? La calle sigue vacía; son las ocho de la mañana y de la grabadora sale una canción que no logro identificar. Estoy tan concentrado. Estoy tan divertido acercando lentamente el cañón de mi pistola a tu vagina. Rozando delicadamente tus labios. Tus pelitos en el culo. Y te ríes. Nos reímos. Yo te toco y tú ríes porque Mario Bross brinca y produce ese sonidito estúpido. Al principio fue por accidente pero ahora nos hemos sincronizado. Cuantas veces te toque Mario Bross va a brincar, y nos vamos a reír. Y todo esto será absurdo. Como evitar pensar en papá. En el día de su muerte que fue cuando descubrí la pistola. Como evitar contarte que mamá es tan buena que nunca quise hacerle daño; que por eso jugaba Mario Bross a escondidas para evitar pensar en su rostro bajo la tierra; en la cara de tantas tías con lágrimas, en el tiempo y los corazones.